Adoradores de la emoción


Todavía recuerdo el momento donde el Espíritu Santo me confrontó. Como la mayoría de los jóvenes de mi generación, nacidos al final de los '90, el worship era parte de mi identidad como creyente. Para nosotros, sobre todos los qué venimos de congregaciones medianas del interior de la Argentina, bandas como Hillsong o Bethel fueron la respuesta qué necesitábamos para sacar a nuestras congregaciones de lo qué nosotros entendíamos como mediocre y anticuado. De pronto pudimos empezar a profesionalizar la alabanza, agregamos instrumentos y empezamos a vernos más amigables para los no creyentes y los demás jóvenes (o eso creíamos). La nueva forma también nos abrió la puerta al servicio, aún cuando no tuviéramos un nivel de preparación teológico o musical formal.
Mientras nuestros compañeros de secundaria formaban bandas que en la mayoría de los casos nunca llegaron a tocar ante más de diez personas, nosotros teníamos una plataforma que nos permitía tocar y cantar ante cien personas todos los fines de semana. Conforme fue pasando el tiempo, las iglesias avanzaron más. Las luces se apagaron, los salones se volvieron oscuros, aparecieron los pads y se crearon ambientes que hacían sentirnos más conectados con lo espiritual. De pronto empezamos a “sentir a Dios” en medio de la alabanza y el tiempo del worship se convirtió en una forma de descargar emociones. Pero un día llegó ese momento donde el espíritu me confronta, en medio de un congreso de jóvenes. El ambiente era el mismo, pero yo no iba a ser igual.

Canción a canción, me daba cuenta de lo superficial y vacío que se había vuelto el tiempo de adoración. Frases sueltas sin demasiado peso teológico ni gramatical, alguna que otra expresión escatológica, el nombre de Jesús en hebreo por quince minutos cantado en loop y un enorme énfasis en el “yo quiero, yo anhelo, yo necesito, yo me siento”, canción tras canción. Ahí fue, en medio de un caos de emocionalismo, donde aquellos himnos qué había escuchado en la iglesia en mi infancia se vinieron a mi cabeza. Me pasé todo el servicio anhelando volver el tiempo atrás y encontrarme cantando canciones donde Dios fuera el centro.
Ha pasado un tiempo desde esa experiencia y me alegra poder de pronto encontrarme hoy con un número mayor de jóvenes qué están buscando formas más bíblicas de adorar al Señor. Si es tu caso, me gustaría poder compartirte algunos principios qué yo he aprendido analizando la manera en que los himnos se componían, no con intención de volver a cantar solo himnos, sino para poder plantearnos nuevas (y antiguas) formas de componer y seleccionar música para nuestros servicios.
"La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándonos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales". Colosenses 3:16
La adoración como medio de enseñanza
Creo que una de las lecciones más prácticas de la composición de los himnos es que cantar en congregación es también aprender. El tiempo del canto congregacional es también un tiempo de aprendizaje.
En Colosenses, Pablo habla de qué la palabra debe abundar en nosotros (Colosenses 3:16) y esa abundancia también se expresa mediante el canto. El mismo concepto, lo vamos a ver en Efesios 5:19, cuando el apóstol nos manda a hablar entre nosotros con himnos. Los compositores antiguos, entendieron esto y diseñaron canciones qué contaban historias bíblicas y transmitían doctrinas y conceptos bíblicos. Esto no fue al azar, ellos eran conscientes de qué muchas personas podrían tener dificultades para leer regularmente la palabra y qué enseñar la palabra a través de canciones era una forma efectiva para qué los hermanos pudieran incorporarla. A lo mejor no podían leer un texto, pero si podían cantar una canción durante toda la semana qué les recordará lo texto decía.

Por eso, encontramos himnos como Santo, Santo, Santo qué resumen pasajes de Apocalipsis e Isaías con verdades escatológicas o No se decir qué resume la obra completa del Evangelio, desde el nacimiento virginal hasta su regreso glorioso. Estrofas cuidadosamente diseñadas, qué se conectan entre sí y cuentan una historia en su conjunto. Si bien, nuestro nivel de alfabetismo es superior al de hace 200 años, debemos reconocer qué para nuestra mente es más fácil recordar canciones qué recordar textos, por lo qué no debemos subestimar el poder de la música como forma de enseñanza.
La devoción personal bien ubicada
Los himnos, al igual qué los Salmos, no suprimen las experiencias personales ni las expresiones de necesidad, pero las ubican en el lugar correcto. El centro, no es lo qué yo anhelo, sino lo qué el Señor quiere y puede hacer. Al leer los Salmos, vemos qué David derrama su corazón en sus canciones, siendo absolutamente sincero y transparente, sin embargo, dedica muchos versículos en los mismos Salmos a reconocer la grandeza y poder de Dios. Estos Salmos son un pedido de auxilio, pero por sobre todo son una declaración del poder y de la justicia de Dios, en donde se reconoce qué las respuestas dadas por el Señor en favor de David no solo son una muestra de amor, sino muestras de la grandeza de sus atributos. De esta manera, la necesidad no es el centro, el centro es Dios.
En muchos himnos, encontramos testimonios y pedidos personales, pero con la misma dinámica. El énfasis no está en nuestras necesidades, sino en la obra poderosa de nuestro Señor. No es lo mismo cantar Así peleo mis batallas en donde parece qué Dios es un accesorio o una mera compañía, a qué declarar por ejemplo "Nada bueno hay en mí, Tu gracia buscaré”, “¿Quieres ser libre de orgullo y pasión? Tan solo hay poder en Jesús”, o “En mí no puede haber jamás ninguna base de paz, en la tormenta es mi sostén”.
Un amplio lenguaje de gloria
Si hay algo qué los himnos y los Salmos comparten, es la enorme cantidad de expresiones de alabanza distintas. Mientras qué la alabanza contemporánea suele enfocarse en un puñado de atributos de Dios, las composiciones antiguas son sumamente ricas, no solo en la cantidad de atributos, sino en la forma de alabarlos. En los himnos podemos encontrar una imagen de la gloria de Dios mucho más amplia de la qué las canciones modernas suelen transmitir. Esto no es algo al azar, sino qué responde a qué la mayoría de los compositores antiguos, poseían por lo general un conocimiento mucho más amplio sobre el Dios revelado en la Biblia. Esto se debe en parte, a qué los himnos nuevos qué se escribían no se incorporaron a los himnarios, sino qué debían pasar por lo general por comisiones denominacionales qué analizarían si las letras eran teológicamente adecuadas, lo qué obligaba al compositor a tener un nivel de conocimiento teológico suficiente fuerte.

En conclusión
Hoy, en nuestro contexto, si bien existen muchos himnos qué han sido “renovados”, sería utópico pretender qué las iglesias vuelvan a cantar solo himnos antiguos, porque muchos de ellos poseen melodías demasiado complejas y expresiones del lenguaje qué generan demasiada distancia. Sin embargo, estudiarlos y conocerlos, nos permite sentar una base sobre la qué podemos repensar nuestra forma de componer y escoger canciones, para acercarnos cada día a una adoración más bíblica y agradable al único qué es merecedor de ella.
“A Dios el Padre celestial,
Al Hijo nuestro Redentor,
Y al eternal Consolador,
Unidos todos alabad”.
Doxología- Salterio de Ginebra
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